En los últimos procesos electorales de la UASD se ha ido consolidando una tendencia que algunos, sin mayor profundidad analítica, consideran inmutable. Tal apreciación contradice la esencia misma del pensamiento crítico que se cultiva en nuestra Universidad: la creencia de que “le toca ganar” a quien perdió en el proceso anterior.
Si esa lógica fuese cierta, se reproduciría en todos los niveles electorales, dado que se trata del mismo universo votante. Precisamente ahí comienza la deconstrucción de ese paradigma débilmente fundamentado.
Una tendencia histórica no constituye una ley institucional. La historia influye, pero no determina. Si determinados liderazgos han alcanzado la victoria en procesos recientes, ello ha sido fruto del trabajo constante de equipos que, comprendiendo las correlaciones de fuerza y la importancia de la negociación, han asumido con determinación el compromiso de construir mayorías reales para alcanzar la rectoría de la UASD.
En democracia no gana quien perdió antes; gana quien logra articular una mayoría en el momento electoral. Y construir mayoría no significa simplemente obtener el primer lugar en una contienda fragmentada; significa conectar auténticamente con el sentir de la comunidad universitaria, identificarse con sus problemas y ofrecer soluciones viables a sus demandas. Supone, además, coherencia entre el discurso que se presenta para aspirar a la rectoría y las acciones desarrolladas cuando se han ocupado otras posiciones de responsabilidad.
La UASD no paga deudas electorales; elige liderazgo. Para no dejarse confundir, la comunidad debe conocer los proyectos en su profundidad y evitar la banalidad de seguir propuestas que ni siquiera logran sostener sus propios equipos más allá de cada ciclo electoral.
La UASD no es un sistema de turnos. Es una institución académica que debe decidir por proyectos y visión institucional, no por revancha.
Bajo estas premisas, corresponde someter a escrutinio serio y sin concesiones a cada proyecto que aspire a la rectoría. La Universidad no puede permitirse apuestas emocionales ni cálculos ingenuos disfrazados de tradición electoral. Gobernar la UASD no es un premio de consolación ni un turno automático; es una responsabilidad histórica. Y cuando se elige mal, no solo se pierde una contienda: se hipotecan cuatro años de gestión académica, administrativa y moral. El “te lo dije” posterior no restituye la credibilidad institucional ni compensa las oportunidades desperdiciadas.
Amílcar Carrasco
El autor es abogado, escritor y docente.





