El debate siempre es saludable cuando se desarrolla con argumentos. Agradezco, por tanto, la respuesta a mi artículo anterior, pues permite profundizar en una cuestión que no es personal ni coyuntural, sino conceptual: ¿puede un porcentaje obtenido en una elección pasada convertirse en base estructural automática para la siguiente?
Conviene aclarar algo desde el inicio, nadie niega que la acumulación política exista. Las mayorías no surgen espontáneamente; se construyen, en su defecto la vagancia fuera garantía del éxito. Lo que se cuestiona es otra cosa, si la conversión de una competitividad pasada es una suerte de inevitabilidad futura. Esa diferencia es esencial.
En los procesos electorales de la UASD existen antecedentes que obligan a ser prudentes frente a cualquier lectura lineal de los números. En el año 2008, Emma Polanco alcanzó más de un 48% en una contienda altamente competitiva. Si la tesis de que un alto porcentaje constituye una base estructural irreversible fuera correcta, aquel resultado debió traducirse en una victoria automática en el proceso siguiente del 2011 y eso no ocurrió.
Ese hecho, por sí solo, demuestra que un porcentaje elevado puede expresar una coyuntura determinada —fragmentación del escenario, alianzas circunstanciales, momento político específico— sin que ello implique propiedad permanente sobre ese universo electoral.
La historia influye, sí, pero no determina. Y cuando la historia ofrece precedentes que contradicen una supuesta regla, lo intelectualmente honesto es reconocer que no estamos ante una ley de resultados electorales inmutables, sino ante variables dinámicas.
Se ha planteado que el 42% alcanzado en el proceso anterior constituye una base sólida, orgánica y estructural. Pero en política universitaria los porcentajes no son depósitos bancarios que se capitalizan solos. Son expresiones de voluntad que deben ser revalidadas. Un 42% demuestra competitividad real. Eso es indiscutible. Lo que no demuestra es irreversibilidad.
Entre la competitividad pasada y la victoria futura existe un espacio que solo puede llenarse con mayoría efectiva en el momento electoral. No con proyecciones, no con estimaciones, no con narrativas de crecimiento automático. La política universitaria no se congela entre elecciones. Se transforma. Se reconfigura. Se redistribuye, en el día a día.
Si se argumenta que existe consolidación estructural, entonces debe observarse cohesión estratégica. Las mayorías consolidadas retienen y fortalecen sus núcleos dirigentes.
Cuando figuras que encabezaron áreas estratégicas en un proceso anterior ya no acompañan el mismo proyecto (Por ej. Alexi Martínez, Radhames Bautista López, entre otros), no estamos necesariamente ante expansión lineal, sino ante reconfiguración política. Eso no es juicio de valor; es constatación de que los bloques electorales no son monolíticos.
La política universitaria es relacional, no patrimonial. El electorado no pertenece a candidaturas; decide en función de contexto, propuesta, liderazgo, momento institucional y las necesidades de la comunidad Uasdiana.
El error lógico más frecuente en estos debates consiste en transformar probabilidad en certeza. Competitividad no equivale a inevitabilidad. Ventaja previa no equivale a resultado asegurado.
Aceptar que un 42% constituye destino manifiesto implicaría convertir la deliberación democrática en simple trámite aritmético. Y eso sí sería incompatible con la naturaleza crítica de la Universidad.
La UASD no funciona por turnos automáticos ni por herencias numéricas. Funciona por decisión presente. Cada proceso electoral es una validación nueva, no una continuación mecánica del anterior.
No se niega la acumulación política. Se niega el determinismo electoral. No se cuestiona la legitimidad de una candidatura. Se cuestiona la idea de que un porcentaje pasado se transforme en argumento de inevitabilidad.
La comunidad universitaria no está llamada a ratificar tendencias; está llamada a evaluar proyectos. Y esa evaluación debe hacerse en el presente, con criterios actuales, con análisis de coherencia, equipo, visión institucional y capacidad real de gestión (Académica, Administrativa y Estudiantil).
Amílcar Carrasco
El autor es abogado, escritor y docente.






